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Revolución Jigote!

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9mm - Lágrimas de un guerrero

lunes, mayo 12, 2008

Quiero olvidarme de todo: más cuentos...


Una de tantas historias sobre la guerra

Como profesor de Historia de la Universidad de Berlín tuve acceso, gracias a un intercambio académico con mis colegas de Georgetown, al archivo general de la Segunda Guerra Mundial en Washington con el objetivo de reencontrarme con mis parientes norteamericanos después de tres décadas de terminado el más horroroso conflicto que la humanidad jamás había sufrido. Ellos conocían perfectamente de la familia alemana que tenían pero que no habían vuelto a ver por razones singulares que recién descubrí luego de la desclasificación de dichos documentos históricos por parte del gobierno de los Estados Unidos.

Nuestros antepasados eran un sólido matrimonio germano afincado en América gracias al masivo éxodo de sus compatriotas provocado por la Gran Guerra europea. Mi padre y su hermano mellizo fueron sus únicos descendientes. Criados bajo el lógico influjo de la cultura americana se adaptaron fácilmente en el Nuevo Mundo. Ambos se recibieron con honores en prestigiosas universidades de la costa este, trabajaron exitosamente en sus respectivos campos y formaron familias con esposas estadounidenses.

Cuando hasta su patria adoptiva llegaron las noticias de una nueva ideología alemana que realzaba la grandeza de la nación aria, uno de ellos, mi padre, decidió partir hacia la madre patria, a pesar de los reclamos de sus progenitores, que veían con malos ojos a aquel dictador, no nacido en Alemania y que se hacía llamar führer y que conseguía cada vez más adeptos en ambos continentes. Yo apenas era un niño y poseo vagos recuerdos de aquellos años. Perdimos todo contacto con mis tíos y primos y vanos fueron nuestros intentos por conocer las razones de su partida. Mis padres simplemente se limitaron a mentirnos piadosamente. Nos establecimos en Berlín, en donde mis hermanos y yo desterramos el inglés como lengua y adoptamos la cultura de una sorprendentemente renaciente Alemania.

Años después la guerra estalló y toda Germania se infló de nacionalismo. Mi padre, que ya era un respetado científico y miembro importante del gobernante partido nacional socialista, sin un ápice de indiferencia, se unió al ejército en el que obtuvo el grado de coronel. Mi madre y nosotros lo apoyamos ciegamente cuando fue, por méritos propios, destinado a la recién ocupada Francia y él nos lo retribuyó, poco tiempo después, llevándonos a vivir a Paris, en dónde ya fungía como Intendente.

Un par de años luego y tras una extraña neutralidad, los americanos entraron al conflicto, obligados por el cobarde ataque de los japoneses. Sin la más mínima sorpresa, el führer les declaró también la guerra y conformaron una fuerza multinacional a la que denominaron los aliados y con la cual se pusieron como meta la liberación de Europa. Vanos fueron los intentos del ejército alemán, que a la postre sufriría su segunda gran derrota luego del frente ruso, perdiendo Francia. Mi padre, consciente de la eminente derrota, nos envió meses antes a Alemania, en donde permanecimos bajo refugio hasta el final de la guerra. Del destino de mi progenitor nos enteramos recién años después: había perecido en combate en manos de los norteamericanos en su mismísimo despacho del centro de París. Como consuelo nos llegaron los relatos de su gran valentía al no abandonarlo nunca mientras el acoso enemigo era feroz.

Las vicisitudes de la vida no pueden permanecer ajenas a las luchas armadas, es por eso que no me sorprendió el hecho de averiguar que mi tío se unió al ejército contrario y comandó uno de los contingentes que desembarcaron en la Normandía francesa y que poco a poco y valientemente fueron ganando terreno hacia la conquista total de la “ciudad luz”.

Graciosas y terribles son las coincidencias: ahora yo voy a bordo de un taxi, a encontrarme con mi tío y primos luego de tantos años y todavía estoy indeciso de relatar los sucesos de aquella mañana en la que lejos de todo conocimiento, el hermano de mi padre ordenó el bombardeo del edificio en donde Alemania había instalado la Intendencia. A mí me constó demasiado asimilarlo pero pude lograrlo...ignoro si ellos lo consigan.

1 comentario:

Maria Cristina dijo...

Ok este comentario no tiene nada que ver con este post pero tu periodico si tiene que ver con mi periodico en mi post de Gotas de Agua Dulce, te haz dado cuenta que todo gira entorno apodos y detalles y mimos por aqui y por alli en mi blog pues estoy para mimar a todos, y que crees?????? no adivinas pues tienes un apodo de cariño y pues sino te gusta ahi te busco otro, aprovechando de tu felicidad y tu luz pues espero te guste see you, bye